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Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hijo le contaba de sus actividades en el colegio, cuando éste en voz algo baja, como con miedo, le dijo: - ¿Papa?
- Sí, hijo, cuéntame
- Oye, quiero… que me digas la verdad
- Claro, hijo. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido
- Es que… -titubeó Roberto
- Dime, hijo, dime.
- Papá, ¿existen los Reyes Magos?
El padre de Roberto se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
- Las niños dicen que son los padres. ¿Es verdad?
La nueva pregunta de Roberto le obligó a volver la mirada hacia el niño y tragando saliva le dijo:
- ¿Y tú qué crees, hijo?
- Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañarías; pero, como los niños dicen eso.
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Roberto-, pero efectivamente son los padres los que ponen los regalos … - Entonces no lo entiendo. papá. - Siéntate, Roberto, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado-.
Roberto se sentó entre sus padres ansioso de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos: |